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domingo, 5 de noviembre de 2017



Brújula para tiempos de incertidumbre.


     Los primeros días de noviembre el hermano, el entendimiento, y la hermana, la voluntad, dejan a su hermana, la memoria, el protagonismo en el actuar del ser humano. Así lo manda la tradición y la tradición es constitutiva de la vida de los humanos. Sin tradición los humanos estaríamos al albur de lo novedoso sin con-sistencia. Es decir, existimos con.

     La memoria, en estos días, pone en acto el recuerdo. Re-cordar, en el rico idioma español, es traer al corazón. Las fotografías de nuestros queridos seres ya desaparecidos, el recuerdo de tantos acontecimientos vividos con ellos, sus consejos, sus frases preferidas, su humor e incluso algún desencuentro acaecido con ellos, vienen a nuestra memoria. De esto último nos reprochamos: tanto genio, ¡para qué?
Y aparece algo tan olvidado como la eternidad: “Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz eterna”.

     Si seguimos en la meditación de estos días con estos prenotandos que hemos comentado, esa meditación no puede menos que abrirnos a la trascendencia. La trascendencia es una palabra compuesta del prefijo trans y del verbo scandere, “trascendencia” evoca un doble movimiento de travesía y de ascensión. 
     Nuestra meditación, sin dejar de pisar el suelo, hecha con humildad y fe, nos pone delante de una Presencia intuida en el más allá, difuminada en las oscuridades de nuestro mundo y vivida, ¡ojalá! En el centro de nuestro yo, al ladito de nuestra conciencia. En el hondón del alma, en lo interior, en lo muy interior.

      A las benditas almas de nuestros seres queridos nos encomendamos para que hoy y mañana nos ayuden a estar presentes ante la Presencia.

Todos los Santos y fieles


Brújula para tiempos de incertidumbre 

     Los primeros días de noviembre el hermano, el entendimiento, y la hermana, la voluntad, dejan a su hermana, la memoria, el protagonismo en el actuar del ser humano. Así lo manda la tradición y la tradición es constitutiva de la vida de los humanos. Sin tradición los humanos estaríamos al albur de lo novedoso sin con-sistencia. Es decir, existimos con.

     La memoria, en estos días, pone en acto el recuerdo. Re-cordar, en el rico idioma español, es traer al corazón. Las fotografías de nuestros queridos seres ya desaparecidos, el recuerdo de tantos acontecimientos vividos con ellos, sus consejos, sus frases preferidas, su humor e incluso algún desencuentro acaecido con ellos, vienen a nuestra memoria. De esto último nos reprochamos: tanto genio, ¡para qué?
Y aparece algo tan olvidado como la eternidad: “Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz eterna”.

     Si seguimos en la meditación de estos días con estos prenotandos que hemos comentado, esa meditación no puede menos que abrirnos a la trascendencia. La trascendencia es una palabra compuesta del prefijo trans y del verbo scandere, “trascendencia” evoca un doble movimiento de travesía y de ascensión. 
     Nuestra meditación, sin dejar de pisar el suelo, hecha con humildad y fe, nos pone delante de una Presencia intuida en el más allá, difuminada en las oscuridades de nuestro mundo y vivida, ¡ojalá! En el centro de nuestro yo, al ladito de nuestra conciencia. En el hondón del alma, en lo interior, en lo muy interior.

      A las benditas almas de nuestros seres queridos nos encomendamos para que hoy y mañana nos ayuden a estar presentes ante la Presencia.

sábado, 20 de mayo de 2017

Espíritu de verdad

domingo, 22 de enero de 2017

Algo Nuevo y Bueno

El primer escritor que recogió la actuación y el mensaje de Jesús lo resumió todo diciendo que Jesús proclamaba la “Buena Noticia de Dios”. Más tarde, los demás evangelistas emplean el mismo término griego (euanggelion) y expresan la misma convicción: en el Dios anunciado por Jesús las gentes encontraban algo “nuevo” y “bueno”.
¿Hay todavía en ese Evangelio algo que pueda ser leído, en medio de nuestra sociedad indiferente y descreída, como algo nuevo y bueno para el hombre y la mujer de nuestros días? ¿Algo que se pueda encontrar en el Dios anunciado por Jesús y que no proporciona fácilmente la ciencia, la técnica o el progreso? ¿Cómo es posible vivir la fe en Dios en nuestros días?

En el Evangelio de Jesús los creyentes nos encontramos con un Dios desde el que podemos sentir y vivir la vida como un regalo que tiene su origen en el misterio último de la realidad que es Amor. Para mí es bueno no sentirme solo y perdido en la existencia, ni en manos del destino o el azar. Tengo a Alguien a quien puedo agradecer la vida.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que, a pesar de nuestras torpezas, nos da fuerza para defender nuestra libertad sin terminar esclavos de cualquier ídolo; para no vivir siempre a medias ni ser unos “vividores”; para ir aprendiendo formas nuevas y más humanas de trabajar y de disfrutar, de sufrir y de amar. Para mí es bueno poder contar con la fuerza de mi pequeña fe en ese Dios.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que despierta nuestra responsabilidad para no desentendernos de los demás. No podremos hacer grandes cosas, pero sabemos que hemos de contribuir a una vida más digna y más dichosa para todos pensando sobre todo en los más necesitados e indefensos. Para mí es bueno creer en un Dios que me pregunta con frecuencia qué hago por mis hermanos.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que nos ayuda a entrever que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. Un día todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, nuestros anhelos más grandes y nuestros deseos más íntimos alcanzarán en Dios su plenitud. A mí me hace bien vivir y esperar mi muerte con esta confianza.
Ciertamente, cada uno de nosotros tiene que decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Cada uno ha de escuchar su propia verdad. Para mí no es lo mismo creer en Dios que no creer. A mí me hace bien poder hacer mi recorrido por este mundo sintiéndome acogido, fortalecido, perdonado y salvado por el Dios revelado en Jesús.

José Antonio Pagola

lunes, 27 de junio de 2016

El Evangelio es una buena noticia para la humanidad



«Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros nido»,
pero él «no tiene dónde reclinar su cabeza».
 
 26 de junio de 201613 Tiempo ordinario (C)


Lucas, 9, 51-62
Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: - Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno: - Te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió: - Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
A otro le dijo: - Sígueme.
Él respondió: - Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó: - Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.
Otro le dijo: - Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó: - El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.
 



SIN INSTALARSE NI MIRAR ATRÁS
José Antonio Pagola

Seguir a Jesús es el corazón de la vida cristiana. Lo esencial. Nada hay más importante o decisivo. Precisamente por eso, Lucas describe tres pequeñas escenas para que las comunidades que lean su evangelio, tomen conciencia de que, a los ojos de Jesús, nada puede haber más urgente e inaplazable.
Jesús emplea imágenes duras y escandalosas. Se ve que quiere sacudir las conciencias. No busca más seguidores, sino seguidores más comprometidos, que le sigan sin reservas, renunciando a falsas seguridades y asumiendo las rupturas necesarias. Sus palabras plantean en el fondo una sola cuestión: ¿qué relación queremos establecer con él quienes nos decimos seguidores suyos?
Primera escena. Uno de los que le acompañan se siente tan atraído por Jesús que, antes de que lo llame, él mismo toma la iniciativa: «Te seguiré adonde vayas».Jesús le hace tomar conciencia de lo que está diciendo: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros nido», pero él «no tiene dónde reclinar su cabeza».
Seguir a Jesús es toda una aventura. Él no ofrece a los suyos seguridad o bienestar. No ayuda a ganar dinero o adquirir poder. Seguir a Jesús es "vivir de camino", sin instalarnos en el bienestar y sin buscar un falso refugio en la religión. Una Iglesia menos poderosa y más vulnerable no es una desgracia. Es lo mejor que nos puede suceder para purificar nuestra fe y confiar más en Jesús.
Segunda escena. Otro está dispuesto a seguirle, pero le pide cumplir primero con la obligación sagrada de «enterrar a su padre». A ningún judío puede extrañar, pues se trata de una de las obligaciones religiosas más importantes. La respuesta de Jesús es desconcertante: «Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú vete a anunciar el reino de Dios».
Abrir caminos al reino de Dios trabajando por una vida más humana es siempre la tarea más urgente. Nada ha de retrasar nuestra decisión. Nadie nos ha de retener o frenar. Los "muertos", que no viven al servicio del reino de la vida, ya se dedicarán a otras obligaciones religiosas menos apremiantes que el reino de Dios y su justicia.
Tercera escena. A un tercero que quiere despedir a su familia antes de seguirlo, Jesús le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios». No es posible seguir a Jesús mirando hacia atrás. No es posible abrir caminos al reino de Dios quedándonos en el pasado. Trabajar en el proyecto del Padre pide dedicación total, confianza en el futuro de Dios y audacia para caminar tras los pasos de Jesús.

sábado, 27 de febrero de 2016

¿Dónde estamos nosotros? -José A. Pagola

EL EVANGELIO ES BUENA NOTICIA PARA LA HUMANIDAD

Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor 
y le echaré estiércol, a ver si da fruto
 
 

28 de Febrero de 2016
3 Cuaresma (C)


Lucas 13,1-9 
En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: - ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador: - Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó: - Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortas.
 


“Jauna, utz ezazu aurtengoz; bitartean, ondoa aitzurtu eta ongarria botako diot, ea aurrerakoan fruiturik ematen duen; eta bestela, moztu”
 


DÓNDE ESTAMOS NOSOTROS?
José Antonio Pagola


Unos desconocidos le comunican a Jesús la noticia de la horrible matanza de unos galileos en el recinto sagrado del templo. El autor ha sido, una vez más, Pilato. Lo que más los horroriza es que la sangre de aquellos hombres se haya mezclado con la sangre de los animales que estaban ofreciendo a Dios.
No sabemos por qué acuden a Jesús. ¿Desean que se solidarice con las víctimas? ¿Quieren que les explique qué horrendo pecado han podido cometer para merecer una muerte tan ignominiosa? Y si no han pecado, ¿por qué Dios ha permitido aquella muerte sacrílega en su propio templo?
Jesús responde recordando otro acontecimiento dramático ocurrido en Jerusalén: la muerte de dieciocho personas aplastadas por la caída de un torreón de la muralla cercana a la piscina de Siloé. Pues bien, de ambos sucesos hace Jesús la misma afirmación: las víctimas no eran más pecadores que los demás. Y termina su intervención con la misma advertencia: «si no os convertís, todos pereceréis».
La respuesta de Jesús hace pensar. Antes que nada, rechaza la creencia tradicional de que las desgracias son un castigo de Dios. Jesús no piensa en un Dios "justiciero" que va castigando a sus hijos e hijas repartiendo aquí o allá enfermedades, accidentes o desgracias, como respuesta a sus pecados.
Después, cambia la perspectiva del planteamiento. No se detiene en elucubraciones teóricas sobre el origen último de las desgracias, hablando de la culpa de las víctimas o de la voluntad de Dios. Vuelve su mirada hacia los presentes y los enfrenta consigo mismos: han de escuchar en estos acontecimientos la llamada de Dios a la conversión y al cambio de vida.
¿Cómo leer cualquier tragedia de violencia o catástrofe natural desde la actitud de Jesús? Ciertamente, lo primero no es preguntarnos dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. La pregunta que puede encaminarnos hacia una conversión no es "¿por qué permite Dios estas horribles desgracias?", sino "¿cómo consentimos nosotros que tantos seres humanos vivan en la miseria, tan indefensos ante la fuerza de la naturaleza o de nuestro odio y violencia?".
Al Dios crucificado no lo encontraremos pidiéndole cuentas a una divinidad lejana, sino identificándonos con las víctimasNo lo descubriremos protestando de su indiferencia o negando su existencia, sino colaborando de mil formas por mitigar el dolor de tantos seres humanos del mundo entero. Entonces, tal vez, intuiremos entre luces y sombras que Dios está en las víctimas, defendiendo su dignidad y en los que luchan contra el mal, alentando su combate.
La parábola de la higuera estéril es una llamada de alerta a quienes viven de manera infecunda y mediocre. ¿Cómo es posible que una persona que recibe la vida como un regalo lleno de posibilidades vaya pasando los días malgastándola inútilmente? Según Jesús, es una grave equivocación vivir de manera estéril y perezosa, dejando siempre para más tarde esa decisión personal que sabemos daría un rumbo nuevo, más creativo y fecundo a nuestra existencia.